19 de febrero de 2012

Kobo Abe: ¿Literatura siniestra?




    Abe, Kobo, Cuentos siniestros (Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2011) 
 安部公房『R62号の発明・鉛の卵』(新潮社、1974年)

    Hacer una reseña de cualquier libro siempre es complicado. Uno quiere decir muchas cosas, pero la mayoría de las revistas no permiten ensayos de más de tres cuartillas. De igual manera, en las reseñas uno termina por adular al autor, o despedazarlo; es complicado mantenerse en medio. Asimismo, las personas, quienes escriben las reseñas, muchas veces terminan por presumir que ellos o ellas, sabe más que el autor del libro. Lo anterior es válido para los trabajos académicos, pero ¿en el caso de la literatura se vale? No lo sé.

    Ahora bien, mis amigos de la revista literaria Hermano Cerdo, no les gusta que en las reseñas aparezcan las siguientes frases: bacán, importante, grande, excepcional, excéntricomaravilloso, interesante, raro, único, valioso, trascendental, cabrón, inclasificable, verga, original, canónico, genial, duradero, secreto,  capo, maldito, imprescindible, consagrado, impactante, estilista, talentoso, rutilante,  original. Estoy de acuerdo, pero en el caso de Kobo Abe (1924-1993), creo que cumple con la mayoría de estas frases.
    Sin embargo, sigo metido en el mismo embrollo: ¿cómo reseñar los Cuentos siniestros y R62発明 [El invento de R62 y El huevo de plomo]?    Después de meditarlo, creo que lo más prudente, aunque poco convencional, sea escribir cómo llegué a estas obras. Es algo largo y extraño lo que escribiré, espero no aburrirlos.


    Desde que tengo uso de la razón, la literatura japonesa ha estado presente en mi vida. Si bien, leer el japonés es un proceso más lento que hacerlo en castellano, gracias a los libros infantiles, pude lograr tener la oportunidad de conocer, aunque fuese en dibujos, los cuentos tradicionales del país de mi madre: Momotaro, Urashimataro y el Taketori Monogatari, etc. Empero, las primeras obras que leí en serio fueron los dos cuentos de Nankichi Niimi (1913-1943): Adquiriendo guantes y Gon, el zorro.
    Posteriormente, aunque eran versiones infantiles y resumidas, leí tres obras que definieron mi gusto por la literatura japonesa: La telaraña de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927), ¡Corre Melos! de Osamu Dazai (1909-1948) y La noche del expreso galáctico de Kenji Miyazawa (1896-1933). A la postre, Akutagawa y Miyazawa se volverían parte de mi pequeña biblioteca. Por ejemplo, las antologías del primero y El mesón de muchas órdenes del segundo. Dazai resultó demasiado complejo y yo demasiado joven para entenderlo.
    Luego me clavé en las novelas policíacas y detectivescas de Ranpo Edogawa (1894-1965) y Seishi Yokomizo (1902-1981). También, en los cuentos de fantasmas. Al entrar a la secundaria aunque traté de leer cosas nuevas, simplemente desistí. El Kojiki y el Nihonshoki eran incomprensibles. El Cuento de Genji inentendible. Tanto que tuve que recurrir a la versión comic para comprenderlo (hasta la fecha no lo he leído completo, ni siquiera 10 páginas de la versión escrita). En la preparatoria, mi lectura se redujo, en parte porque me interesaban otros autores que no eran japoneses, pero también por pereza. El único autor que leí fue a Soseki Natsume (1867-1912). Tenía curiosidad sobre qué había escrito este señor bigotón, quien salía en los billetes de 1000 yenes.  
    Al entrar en la universidad, en mis ratos de ocio (las vacaciones de verano), me puse a revalorar mi poco interés hacia la literatura japonesa. Decidí pues, comprar algunos libros clásicos. Eran lo autores que algunos amigos snobs me habían comentado, pero que yo nunca había leído. Así, conocí el País de nieve de Yasunari Kawabata (1899-1972) [el japonés más bello que haya leído], La pagoda de oro y Confesiones de una máscara de Yukio Mishima (1925-1970) y Sasameyuki [Hermanas Makioka] de Jun’ichiro Tanizaki (1886-1965). También, quise darle una oportunidad más a Dazai. Me di cuenta que era genial, tenía que tener más de 18 años para comprender su obra. No sólo Indigno de ser humano y El ocaso, sino también todos sus cuentos son excelentes. Del que no pude leer mucho (de hecho debería decir que hasta la fecha no he podido hacerlo) fue Ogai Mori (1862-1922).
    Ya al final de la carrera comencé con dos autores más: Kenzaburo Oe (1935-) y Haruki Murakami (1949-). El primero había recibido el Premio Nobel en 1994 y en mi casa habían muchos libros sobre él. Además, en esos años yo trabajaba en la biblioteca de El Colegio de México, lugar donde el escritor japonés había estado (aunque no en esa horrible edificación setentera). Comencé con Cuestión personal y luego otras obras más. Me parecieron buenas, pero me gusta más como ensayista. En el caso de Murakami, quien se ha vuelto en el nuevo ícono de la literatura japonesa, fue mera curiosidad. Leí Bosques de noruega y Las peripecias en torno a un borrego (En castellano tiene otro título pero no me gusta). Posteriormente, leería todas sus obras, por lo menos todas sus novelas, pero me falta 1Q84, obra que no me llama nada la atención, estoy demasiado asqueado de él.
     Ahora bien, cuando llegué a Japón en 2001, mi lectura de obras japonesas aumentó exponencialmente. En parte porque estaba en este país, pero también porque llegué convencido de que tenía que hacerlo. Semanas antes de mi partida, un querido profesor italiano de mi universidad me dijo: “Disfruta tu posgrado y lee literatura japonesa, eso es lo único que te pido. ¿Eh?”. Pensé que era un sarcasmo, al que me tenía acostumbrado, pero le tomé la palabra. También, me acordé de las palabras que dijo uno de mis profesores, Jean Meyer, en una de sus clases: “Si no leen literatura, nunca entenderán la historia”.
    De este modo, durante estos 11 años, me la he pasado leyendo y leyendo. Comencé con los libros más ligeros como Ryu Murakami (1952-) y Banana Yoshimoto (1964-).  Luego con los galardonados del Premio Naoki como Miyuki Miyabe (1960-) y Natsuhiko Kyogoku (1963-). Los clásicos de la era Taisho como Kido Okamoto (1872-1932). Las novelas negras de Arimasa Osawa (1956-). El extremadamente vendido Keigo Higashino (1958-). La versión japonesa del realismo mágico: Tomoyuki Hoshino (1965-). La lista es eterna…


    Ahora bien, un día estaba en la oficina de la División de Estudios Latinoamericanos, un lugar donde yo solía perder el tiempo en la Universidad de Tokio, y encontré en uno de sus estantes, el libro de Ryukichi Terao: Literaturas al margen. La lectura de ese libro me hizo pensar, por primera vez, cómo los hispanoparlantes veían a la literatura japonesa. Hasta ese momento no había leído una obra japonesa en español. De este modo, comencé a leer las traducciones que hacía Terao con sus mancuernas venezolanas: Ednodio Quintero y Gregory Zambrano. Con el primero tradujo las obras de Tanizaki, mientras que con el segundo las obras de Abe. Tanizaki era un viejo conocido y aunque me había costado trabajo comprenderlo, no me había generado un disgusto. Del segundo, por lo menos hasta ese momento, simplemente tenía mis reservas.


    Mi encuentro con Kobo Abe había sido anterior a mi larga estancia en Japón. Había sido en mis días universitarios y fue totalmente circunstancial. Un día cuando iba por mi madre al aeropuerto, coincidí con unos conocidos. Al estar hablando sobre literatura. Uno de ellos, un muchacho pedante más joven que yo, quien también iba a recoger su madre, me dijo que su autor favorito era Abe. Este chaval siempre se había caracterizado por mostrarse siempre prepotente conmigo y se quería hacer el sabelotodo. Por eso, pensé que era una de sus payasadas. Me dijo: “Deberías leer la Mujer de arena”. No le hice caso, pero al siguiente año, cuando fui a Japón, encontré en una librería de viejo ese libro, lo compré para leerlo de regreso en el avión. Me gustó, lo admito pero me pareció complejo. Pues ahí había quedado Abe. Así, cuando me enteré que la mancuerna Terao-Zambrano había traducido a este autor, tenía curiosidad, pero también temor a encontrarme con lo mismo.
    Estaba errado. Los cuentos que tradujeron para Letras Libres: El diablo y El dictador eran geniales. Me di cuenta que Abe, como Akutagawa y otros más, podía plasmar cuentos espléndidos. No me pude aguantar más y releí a la Mujer de arena. Así, comenzó mi lectura de sus obras. Primero con Cuadernos de Canguro en japonés y luego la versión castellana de Idéntico al ser humano traducido por la mancuerna Terao-Zambrano. Posteriormente, con El hombre caja y finalmente llegué a los Cuentos siniestros y El invento de R62 y El huevo de plomo.  


    Uff, Ha sido una vuelta larga. A lugar entonces. Las obras de Abe no tienen ese exotismo que muchos buscan en las obras japonesas. Tampoco, personajes o narradores acartonados y narcisistas como los de Haruki Murakami. Abe sigue la tradición de Akutagawa y como él es un gran cuentista, pero tiene un toque surrealista que sólo él podría plasmar. No puedo decir más que eso. Espero no haber metido ninguna palabra que mis amigos de Hermano Cerdo detestan. Aunque creo que Abe es capo y raro. Con eso resumo sus obras.
    Ahora bien, por primera vez en mi vida, traté de leer al mismo tiempo una obra en dos idiomas. Algunos cuentos incluidos en los Cuentos siniestros, estaban en El invento de R62 y El huevo de plomo. La traducción es impecable. No sólo hace que la lectura sea amena, sino que es rápida, ideal para estos tiempos de poco tiempo. En lo personal me gustan mucho La casa y La muerte ajena. Y espero pronto la traducción del Hombre Caja.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Genialisimo!
Tus reseñas realmente funcionan.
Por lo menos a mi me llegan, quizás sea por que tenemos puntos en común, Akutagawa, Dazai, Tanizaki.
Dan ganas de correr y comprar los libros. (Lástima que en Chile sea una tarea medio difícil)

En fin, me gusta leer tu blog. Lo encontré hace unos meses y cuando lo recuerdo lo reviso.

Gracias por tus traducciones y obviamente tus reseñas, tus historia.

Gracias por compartir tu vida.

Ah por cierto, he leído algunos de los cuentos que vienen en el libro "En construcción" de Mori Ogai (La versión traducida en español, de AdrianaHidalgo Editora) y déjame decirte que me gustó. Obviamente siento que tengo una deuda con el libro, ya que no lo he terminado por cosas de tiempo. La universidad y el trabajo a veces no deja mucho tiempo.
Pero el par de cuentos que leí, me resultaron muy amenos.

En fin, gracias!
Saludos!
Y si, hace meses que te ganaste un lector, pero recién ahora te lo anuncio.
___
Francisco.